
Empieza la mañana y, casi sin querer, me encuentro pendiente de la llegada de ese verano que parece jugar al despiste. Según el día, se da; a veces sí, a veces no. Es esa espera suspendida, esa sensación de que el calor está a la vuelta de la esquina, aunque todavía no termine de instalarse del todo.
Hoy, sin embargo, el tiempo ha decidido romper la calma. Se ha levantado un viento de la nada, de esos que arrastran a su paso todo lo que pueden, como si necesitara limpiar el aire o desordenar lo que ya estaba en su sitio. Hay algo extraño en ese sonido, un recordatorio de que no todo está bajo nuestro control.
Pero el día pedía equilibrio. No podía acabar sin esa sesión de ejercicio necesaria para activarme, para sacudirme la pereza del viento y reconectar. Después, el refugio: el trabajo en casa, el «cacharreo», el ordenador y ese rato de trastear entre pantallas que tanto me gusta.
Cierro el día con una cenita sana y el silencio que vuelve a reinar. Ahora, la noche se prepara para un largo sueño. Mañana será otro día, quizá con verano, quizá con viento, pero aquí estaré para contarlo.