
Hay días en los que uno se pregunta si en la puerta de la oficina, en vez de mi nombre, debería colgar un cartel que ponga: “Mula de carga. Disponible de 8 a 15. No se aceptan devoluciones.”
La escena de hoy ha sido digna de estudio sociológico. Entra un hombre —llamémosle Talon— preguntando por un rollo de etiquetas. Lo encuentra en cinco segundos, porque estaba justo donde siempre ha estado, pero oye, la épica del descubrimiento es importante. Lo coge, sigue hablando por teléfono, y sin dejar de conversar con su interlocutor, me lo planta en la mano y me suelta:
“Acércalo donde estuvimos el otro día.”
Así, sin anestesia. Como quien le da un palo a un burro para que empiece a andar.
Total, que bajo dos pisos, camino un rato, llego al destino… y allí nadie sabe cómo poner el rollo. Maravilloso. Quince minutos configurando la impresora, ajustando, probando, volviendo a ajustar. Mientras tanto, Talon ya está en su despacho, probablemente recuperándose del esfuerzo titánico de haber sostenido un rollo de etiquetas durante tres segundos.
Lo mejor de todo es que, en teoría, era su función. Su tarea. Su responsabilidad. Su “para esto te pagan”. Pero claro, ¿para qué hacer algo uno mismo cuando puede delegarlo en el primero que pase por el pasillo con cara de no haber esquivado la mirada a tiempo?
En fin. En el trabajo ya sabemos cómo va esto: si te sales del guion, ponte a temblar. Así que uno sonríe, respira hondo y se toma estas cosas con filosofía. O con sarcasmo, que es la filosofía de los que ya han visto demasiado.
Y al final del día…
Uno acaba entendiendo que no te convierten en mula de carga de golpe. Es un proceso lento, silencioso, casi artístico. Empieza con un “¿me haces un favor?” y termina con que tu función real ya no aparece en tu contrato, sino en la imaginación de los demás.
Pero bueno. Dicen que cada uno ocupa el lugar que le dejan… o el que se cansa de aceptar.
Y quizá algún día, cuando a alguien le toque bajar dos pisos con un rollo en la mano, descubra que la carga pesa menos cuando la llevas tú y no se la cuelgas al primero que pasa.